Italia pierde, Italia gana


Cuánto hubiera dado Italia porque Vinnie Pasquantino hubiese sido goleador. Cuánto, porque el jonronero, nacido en Richmond, Virginia, y primera base de los Reales de Kansas City, en vez de caerle a palos a los mexicanos hubiera sido atacante del Atalanta en la vergonzosa derrota por seis a uno recibida el mismo día ante el Bayern Munich.

Pasquantino, bates en manos, rompió las fronteras tres veces, tres que quizás hubieran sido goles para aliviar las penas del equipo italiano y que, en sentido figurado, también podrían ser buenos para que Italia pudiese superar el repechaje y clasificar, luego de dos ausencias seguidas, al Mundial de 2026.

Cosas del deporte, el mundo al revés. El martes pasado Italia vivió su hora amarga, su hora feliz. Mientras el Atalanta era desparramado por la cancha de Bérgamo, en Houston, el equipo de beisbol, tal vez subestimado, considerado como un participante del Clásico Mundial de Beisbol y tomado para completar el cuadro de su grupo, hacía sonar las campanas triunfales ante el omnipotente Estados Unidos.

Entonces nos preguntamos: ¿es todo esto lógico, responde a las vueltas del deporte o han sido actos propios del surrealismo? ¿Será todo ese cuadro de imposibles un teatro ensayado o es que es la nueva realidad y no nos hemos dado cuenta?

¿Alguien, en este mundo de Dios, especialmente en Bérgamo o Houston, podría haberlo pensado?

Pasquantino salta con tres jonrones en un juego, el Bayern Munich suelta sus demonios y un hecho y otro dejan a la gente haciéndose preguntas: ¿qué es de verdad y qué es de mentira, o el paso de la luna ha cambiado el orden de la existencia? ¿El sol sigue saliendo cada mañana?


A través de su inacabada historia, Italia se ha visto envuelta en memorables jornadas de amargura que han dejado heridas. Vamos ahora al Mundial Inglaterra1966. Los italianos necesitaban vencer para traspasar hasta los cuartos de final, y solo requerían liquidar a la aparente débil Corea del Norte: una potencia dos veces campeona mundial ante una selección incipiente y con fútbol en proceso de aprendizaje. Pero Doo-Ik no pensaba lo mismo, y en el minuto 42 batió el arco azul para ser centro de atención del planeta entero. Los aficionados portugueses y brasileños, a coro, le cantaban en portugués a los ”azzurri”: “O futebol está de morte porque Italia perdeu pra Corea del Norte”.


Se acababa de consumar una tragedia, tal como aconteció sesenta años después, pero esta vez como una revancha impensada con los azules como vencedores. Dos hechos inesperados: una caída en fútbol, una victoria en beisbol.

Son, al final de todo, los vaivenes del deporte, un quehacer inherente al ser humano en el que algunas veces se gana, otras se pierde. A veces aparece una Atalanta y una Corea del Norte representando la miseria, y otras un Vinnie Pasquantino simbolizando la gloria. ¿No es así la vida misma?


Alguna vez pasó

No ha sido esta la primera vez. Corría el Mundial Brasil 1950, y en Belo Horizonte había curiosidad por ver jugar a trabajadores de oficios varios y del puerto de Nueva York, ante los flemáticos y favoritos ingleses. Los estadounidenses, con un fútbol primitivo, enredaban el partido y los británicos no conseguían la manera de quitárselos de encima. Había brega, pero de un solo lado: Inglaterra llenaba la cancha.


Minuto 38, y Joe Gaetjens, nacido en Haití y toda determinación, capitalizó un centro, metió la pierna y sin percibir el sentido de trascendencia estaba dando la que se considera una de las más inesperadas hazañas del deporte mundial. Estados Unidos así liquidaba a los rabiosos europeos, a los inventores del fútbol, y comenzaba a escribir, sin saberlo, aquel despectivo término de “soccer” endosado al grupo de inesperados aventureros.

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